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Las Virtudes del Corazón de Jesús

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Debemos amar en silencio, y si hacemos buenas obras y nuestras acciones están llenas de Luz no debemos comentarlas ni tirarlas como piedras preciosas a la opinión pública para engrandecernos, ya que la fuerza que el amor retribuye irá a parar a nuestra vanidad y a nuestra necesidad de reconocimiento alimentando más estos aspectos de nuestro ser, y no a nuestra alma, que quedará sin más que un sentimiento de vacío.

Debemos amarnos a nosotros mismos, y ser como niños con nuestra vida, sin dejar que las etiquetas, las marcas y los estigmas que colocamos los seres humanos nos afecten demasiado, esto nos ayudará a dejar de mirar un par de zapatos, un traje o un lujoso vestido para entregar una sonrisa. Dejará de encandilarnos la falsa luz de las apariencias y no nos exigiremos ser quienes no somos pero deberíamos. Comenzaremos a amarnos desde la simpleza, y todos los esfuerzos que realizamos por crear imágenes ficticias de nosotros mismos para que los demás nos amen y nos acepten se disolverán, porque al amarnos simplemente nos complacemos a nosotros mismos y entenderemos que la felicidad no esta en lo que los demás puedan darnos, ni en cómo los demás nos miren, sino en cómo nos sentimos con nosotros mismos, cuando estamos solos y sólo Dios nos observa.

Ser felices con lo que somos no significa dormirnos en nuestros defectos, sino en construir un verdadero palacio de amor en nosotros, ajeno a vanalidades y conductas sin sentido, tan amplio y extenso que todas las personas del mundo puedan entrar para aceptarlas como son y convivir con ellas en paz, desde nuestro interior, irradiando una luz que será autentica, ya que surge del verdadero ser que somos y no de los espejismos que creamos.

Amarnos a nosotros mismos implica que debemos conocernos hasta la capa más profunda de nuestra vanidad, de nuestra soberbia, de nuestra ignorancia, y de todas las demás sombras que creamos y promovemos y ser capaces de cambiarlas con el amor. No torturándonos, no persiguiéndonos en una perfección sin sentido que muy posiblemente no encontraremos, sino dejando fluir cada vez más la Luz que contradice a esa oscuridad, actuando desde la conciencia de la sabiduría. Si somos egoístas ese egoísmo esta arraigado en nosotros, pero no podemos quitarlo de nosotros como quién expulsa a una persona indeseable, a los golpes y por la fuerza, por que este es un aspecto de nuestro ser, y por mas oscuro que éste sea es parte de nosotros mismos. Debemos comprender de donde surge nuestro egoísmo, cual es su raíz, porque actúa a través nuestro y que lo impulsa a surgir una y otra vez. Al reconocerlo sabremos que no es un monstruo salido de la nada que ha llegado a nosotros de un lugar recóndito y desconocido, sino que fue creado por nuestras inseguridades y temores, por las carencias que hemos tratado de satisfacer negativamente, de nuestro sistema de defensa y protección contra el mundo en el que existimos, en definitiva, el egoísmo es como nuestro hijo descarriado y perdido y le daremos Luz y amor para que aprenda a amar y trasforme su esencia lentamente, hasta permitir que su sombra se pliegue a nuestra luz interna.

 

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