Somos un reflejo perfecto de Dios, una porción de su Luz, más Él es el Todo, la infinitud total, lo interminable, lo incognocible, lo ilimitado, y nosotros somos como una de las pequeñas piezas del rompecabezas que conforman su totalidad. Somos parte del Todo, más no somos el Todo, pues Dios lo es. Por ello somos únicos e irremplazables, necesarios para el Universo y su evolución, estrellas creadas por el Ser Supremo que destellan todas de forma distinta y en diferentes tiempos, en una sincronía perfecta. Una idea, un pensamiento, una función dentro de la Gran Mente. La humildad estará entonces en comprender esto, en reconocer que lo sagrado vive en nosotros, y fuera de nosotros, que hay mucho por aprender y entender, y que nuestro nivel de evolución va aparejado con nuestro nivel de comprensión de la Verdad Universal , a mayor comprensión y entendimiento mayor desprendimiento de toda densidad inferior. Por ello los Maestros nos enseñan que lo que no sabemos siempre superará a lo que creemos saber, pues la búsqueda de la Sabiduría no tiene fin y es un camino interminable. Por estar razón debemos ser conscientes de que no lo sabemos todo, y que lo que esta bajo nuestro total control se reduce a un mínimo, pues así el Universo se asegura de que recibiremos los estímulos de todo tipo de experiencias ricas e impredecibles mientras estamos en la Tierra. El reconocer que lo que entendemos de Dios siempre será modificado a medida que profundicemos en nuestra alma y en el Alma Universal es una señal de humildad.
La humildad escapa de nosotros muchas veces, al sentir los pies sobre terreno seguro, al sentir que todo lo conocemos y sólo es cuestión de manejarlo, al no darnos cuenta que hay tanto y tanto por aprender, al no reconocer que existe una fuerza mayor que mucho ha determinado sobre nosotros y que deberemos aprender las señales del camino por el que nos conduce. Por ello la soberbia no es la única fuerza en oposición ante la humildad, que se ve socavada por la vanidad, por la excesiva seguridad sobre lo que en verdad no conocemos, por la ignorancia sostenida y exaltada, por no buscar la propia Luz y el origen de todo y reconocerlo, por no vislumbrar el verdadero orden de la existencia universal y el lugar que ocupamos en ella. La verdadera humildad no esta en hacerse esclavo de los que nos atacan, sino en buscar el amor en nosotros para volver a acercarnos a ellos en el momento propicio y reanudar lo que ha quedado pendiente, buscando una amistad que nos fue negada y deseamos obtener a pesar de las agresiones, si el alma esta dispuesta.
El orgullo es otra fuerza muy potente en contra de la humildad, y el trasmutarlo no significa que nos arrodillemos para que nos golpeen, sino el tener el suficiente amor , el entendimiento, la tolerancia para comprender que esas agresiones no lastimarán nuestra alma, sino que ésta abrazará el dolor oculto que nos muestra nuestro agresor, es ver más allá de lo gritos y las ofensas y entender el porqué de este sufrimiento que se propaga hacia nosotros para que lo retribuyamos. ¿Podemos amar cuando otros nos golpean el alma?, ¿podemos entender la agresión cuando otros la están dirigiendo hacia nosotros?, allí esta la oportunidad para que la humildad surja y podamos reconocer que mucho nos falta por aprender de nosotros mismos y de los demás. Y será la humildad la que nos abrirá la puerta cuando lo hayamos comprendido, para ir en busca de aquel que no supo vernos ni entendernos, y perdonar lo imperdonable, y ayudarnos a comprender que no siempre somos las víctimas atacadas por el mundo sino también partícipes de muchas acciones incorrectas que nos llevan a desunirnos y golpear una y otra vez nuestras ideas, o nuestros sentimientos.